Relato del CICPC
-¡CICPC! ¡Abran la puerta!
Ni de bolas voy a abrir la puerta -susurraba a su amigo- ¿Cómo está allá atrás el patio? ¿Puedo salir por ahí?
Si, se puede dale con calma, marico. Yo espero que salgas y ahí abro y hago tiempo, pirate.
El patio estaba cercado por paredes altas de cemento y ladrillos, buscó un par de sillas para apoyarse y subir con mayor facilidad y en un instante ya estaba arriba, saltó y quedó en la otra calle. Algunos de los chicos del barrio lo miraron. Comenzó a correr en ascenso, tenía otro pana que pensaba que lo podía ayudar, tenía su pistola consigo.
Llamó a su amigo por celular mientras corría y pensaba “atiende, marico; atiende, guebón" llegó y el pana estaba atendiendo su negocio, una bodega modesta.
Apenas podía hablar después de haber corrido, tomó un minuto para respirar.
-Marico, Pedro, ¿Qué te pasó?
-Me está buscando el CICPC, emprestame la moto.
-Coño, pero ¿Qué te pasó?, ¿Por qué te buscan?
-La cagué horrible, weón. Me cogí a la mujer del chivo ahí del CICPC. Así que eso no se soluciona ni con plata ni con nada, me están buscando es pa’ matarme.
-Mierdaaa, en tremendo peo te metiste. Coño, ¿qué piensas hacer?
-Me voy pal centro.
-Llevate la moto, me avisas dónde la dejas para buscarla después.
Agarró, se subió a la moto y arrancó a toda velocidad, descendía desde lo alto de la colina del barrio. Esquivaba obstáculos veía como evitar o manejar mejor los policias acostados, y pasaba por las calles donde sospechaba estarían libres de patrullas, a lo que en una calle gira a la izquierda y ve una camioneta que lo veía de frente, rápidamente frena y gira, comienza la persecución, la camioneta estaba en desventaja por su tamaño y falta de maniobrabilidad, esos funcionarios realmente no les importaba la vida de aquel tipo sino que su jefe había ofrecido cinco mil dolares por su entregarlo, entonces entre todos se despertó el espiritu deportivo y de caza, para ellos era un juego divertido y lucrativo.
Pedro, que tenía un dominio control de la moto, observó su panorama, tomó unos instantes para girarse, sacó su pistola y disparó apuntando a los cauchos de la camioneta, falló. A lo que los funcionarios respondieron con un: ¿ah sí? ¡este hijo de puta! y el conductor decidió acelerar aun más. Pedro aun a gran velocidad hizo un giro inesperado a otra de las calles y luego velozmente a otra, subió la velocidad y continuó su descenso del cerro, los había perdido.
En el fondo, Pedro les tenía un profundo desprecio, a todos y cada uno, no se arrepentía ni un poco de lo que había hecho, incluso le hacía sentir bien con él mismo. Eran muchas las historias que iban y venían sobre cómo todos los cuerpos policiales se enfermaban de poder y más allá de eso, todos estaban enfermos, o casi todos, hay que estarlo para tolerar y normalizar que se desmoralice y deshumanice a cientos de ciudadanos todos los días a cambio de dinero.
Pedro sabía que era una batalla perdida que no podía ganar y no quería que nadie saliera lastimado por su culpa. Cuando llegó al centro, se juntó con una amiga de la infancia que había salido del barrio y ahora trabajaba en una gran empresa inmobiliaria.
Le pidió ayuda para salir del Estado y comenzar de cero en algún otro lugar, fue a parar donde su abuela, quien lo obligó a deshacerse de la pistola y a encontrar un trabajo honrado.